Obras que nacen, crecen y mueren


Obras que nacen, crecen y mueren

La Casa Encendida expone la primera muestra de arte efímero de España

ÁNGELES GARCÍA – Madrid – 17/11/2010

El arte es una disciplina inmortal. ¿O no exactamente? ¿Tienen el chocolate, el hielo o el alpiste de los pájaros la misma categoría que los óleos o las esculturas de los museos? Si uno se acerca a la exposición On&on en La Casa Encendida de Madrid quizá se convenza de que el arte puede tener valor en su dimensión más fugaz.

El arte es una disciplina inmortal. ¿O no exactamente? ¿Tienen el chocolate, el hielo o el alpiste de los pájaros la misma categoría que los óleos o las esculturas de los museos? Si uno se acerca a la exposición On&on en La Casa Encendida de Madrid quizá se convenza de que el arte puede tener valor en su dimensión más fugaz. La muestra, una de las más originales y relevantes del otoño expositivo, es la primera que se dedica en España al arte efímero.

Recoge la propuesta de 13 artistas internacionales maestros de disciplinas evanescentes. En otras palabras, sus obras nacen, crecen y mueren delante del espectador y el visitante es parte más de las instalaciones. Todas las salas de exposiciones temporales de La Casa Encendida, incluidos los pasillos, han sido ocupadas por los artistas escogidos por Flora Fairbairn y Olivier Varenne para participar en este gran encuentro de arte efímero.

Para jugar con los sentidos del espectador, los artistas incitan al visitante a participar en sus recuerdos (como en la espectacular pieza de Chiharu Shiota) o de sus utopías. El hielo, la cera, las fibras que trepan por el efecto del calor (en una obra de Gerda Steiner y Jörg Lenzlinger), los ovillos de lana o los vigilantes de las salas aparecen integrados en las piezas.

Claire Morgan ha creado un mundo en el que la vida y la muerte forman parte de un mismo círculo. Lo construye con un grajo disecado que parece contemplar de lejos las más de 8.000 fresas que conforman un peculiar bodegón. Cada día, sobre las fresas podridas se van colocando frutas frescas. Así, el olor de lo putrefacto y de lo nuevo se suma.

Céleste Boursier-Mougenot ha traído 40 pájaros, de la especie de los diamantes mandarines, que emiten sonidos musicales no por el pico, sino según la forma en que se posan sobre cinco guitarras y tres bajos. La armonía, la compatibilidad y el azar son algunos de los temas que aborda la pieza más espectacular de la exposición.

La palma a la obra más polémica se la llevará a buen seguro Martin Creed, premio Turner 2001. Una habitación vacía en la que solo se oyen los fogonazos y destellos del apagado y encendido de la luz, hará perder los nervios al visitante menos avisado. Aunque la ventaja de este arte quizá sea que el sufrimiento es efímero.

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